Era una salida más para visitar los poblados marginales de Sevilla, en esta ocasión para entrega de material escolar y deportivo, además de la esperada merienda para los niños. Dejamos la carretera y nos adentramos en el gran solar inhóspito que existe bajo el puente cortado de San Juan de Aznalfarache. Allí, junto al movimiento de tierras de las obras del metro, unas pocas construcciones hechas a base de cartón, planchas de metal y plásticos hacen adivinar que vive más de una familia. La gente sale a recibirnos, o mejor dicho, solo las mujeres, porque los hombres están fuera del poblado; los niños y sobre todos bebés, acompañan a las mujeres.Saludos y conversaciones entre Jorge Morillo, responsable del proyecto Educar en la Calle, mientras ratas, basuras y perros campean a sus anchas. Fuera de las chabolas, una lavadora funcionando con un grupo electrógeno, y en tendederos improvisados, la ropa al sol colgada con cierto esmero.
En un momento, me invitan a entrar en una chabola, viendo mi curiosidad; Sin agua corriente, luz, alcantarillado ni tabiques la vida debe ser muy dura. Una vez dentro me asombra el interior: una cama de matrimonio perfectamente recogida, en donde duerme el matrimonio y los dos bebés, porque no hay sitio para la cuna. Al lado, una vieja cómoda, pero limpia y decorosa acoge un espejo como los de antes. El suelo es de cemento; la habitación-sala- de- estar-dormitorio está separada de una pequeña pieza de entrada que hace de cocina mediante un tabique de madera de aglomerado.
Ningún zapato ni ropa por el suelo, tal vez solo algún pequeño juguete… el orden resplandece en aquella miseria. Y sobre la placa de la cocina de butano, un plato de patatas fritas caseras, de las de verdad, que esperan tapadas en un plato hondo la hora de la cena. En la pared, un mueble de bambú –tal vez recogido de la basura- pero limpio y presentable. En él, el único ajuar de la cocina, a modo de vitrina de exposición: la batería, un juego de café de colores exagerados y algunos cacharros que demuestran pobreza pura y simple. Todo limpio, todo ordenado, todo dispuesto y todo expuesto para la hospitalidad interna y externa.
La visita a la chabola no estaba prevista, de ahí su valor, pero sí estaba la dignidad de la mujer, joven, gitana, chabolista, pero dispuesta y ordenada. Parecía como que la sinrazón se hubiese parado en la puerta, y dentro convivieran las aspiraciones de una vida mejor. Volví a casa pensando en la dificultad de mantener aquel decoro. Sin duda alguna la habitación de mi hijo tenía más desorden. Aquella chabola me conmovió, me demostró que hasta en la miseria sigue habiendo clases.